sábado, 29 de diciembre de 2012

Cincuenta 50 sombras de Grey: Capítulo 18


La doctora Greene es alta y rubia y va impecable, vestida con un traje de chaqueta 
azul marino. Me recuerda a las mujeres que trabajan en la oficina de Christian. Es 
como un modelo de retrato robot, otra rubia perfecta. Lleva la melena recogida en 
un elegante moño. Tendrá unos cuarenta y pocos.
—Señor Grey.
Estrecha la mano que le tiende Christian.
—Gracias por venir habiéndola avisado con tan poca antelación  —dice 
Christian.
—Gracias a usted por compensármelo sobradamente, señor Grey. Señorita 
Steele.
Sonríe; su mirada es fría y observadora.
Nos damos la mano y enseguida sé que es una de esas mujeres que no soportan 
a la gente estúpida. Al igual que Kate. Me cae bien de inmediato. Le dedica a 
Christian una mirada significativa y, tras un instante incómodo,  él capta  la 
indirecta.
—Estaré abajo —murmura, y sale de lo que va a ser mi dormitorio.
—Bueno, señorita Steele. El señor Grey me paga una pequeña fortuna para que 
la atienda. Dígame, ¿qué puedo hacer por usted?
Tras un examen en profundidad y una larga charla, la doctora Greene y yo nos 
decidimos por la minipíldora. Me hace una receta previamente abonada y me 
indica que vaya a recoger las píldoras mañana. Me encanta su seriedad: me ha 
sermoneado hasta ponerse azul como su traje sobre la importancia de tomarla 
siempre a la misma hora. Y noto que se muere de curiosidad por saber qué
«relación» tengo con el señor Grey. Yo no le doy detalles. No sé por qué intuyo que 
no estaría tan serena y relajada si hubiera visto el cuarto rojo del dolor. Me 
ruborizo al pasar por delante de su puerta cerrada y volvemos abajo, a la galería de 
arte que es el salón de Christian.Está leyendo, sentado en el sofá. Un aria conmovedora suena en el equipo de 
música, flotando alrededor de Christian, envolviéndolo con sus notas, llenando la 
estancia de una melodía dulce y vibrante. Por un momento, parece sereno. Se 
vuelve cuando entramos, nos mira y me sonríe cariñoso.
—¿Ya habéis terminado?  —pregunta como si estuviera verdaderamente 
interesado.
Apunta el mando hacia la elegante caja blanca bajo la chimenea que alberga su 
iPod y la exquisita melodía se atenúa, pero sigue sonando de fondo. Se pone de pie 
y se acerca despacio.
—Sí, señor Grey. Cuídela; es una joven hermosa e inteligente.
Christian se queda tan pasmado como yo. Qué comentario tan inapropiado para 
una doctora. ¿Acaso le está lanzando una advertencia no del todo sutil? Christian 
se recompone.
—Eso me propongo —masculla él, divertido.
Lo miro y me encojo de hombros, cortada.
—Le enviaré la factura —dice ella muy seca mientras le estrecha la mano.
Se vuelve hacia mí.
—Buenos días, y buena suerte, Ana.
Me sonríe mientras nos damos la mano, y se le forman unas arruguitas en torno 
a los ojos,
Surge Taylor de la nada para conducirla por la puerta de doble hoja hasta el 
ascensor. ¿Cómo lo hace? ¿Dónde se esconde?
—¿Cómo ha ido? —pregunta Christian.
—Bien, gracias. Me ha dicho que tengo que abstenerme de practicar cualquier 
tipo de actividad sexual durante las cuatro próximas semanas.
A Christian se le descuelga la mandíbula y yo, que ya no puedo aguantarme 
más, le sonrío como una boba.
—¡Has picado!
Entrecierra los ojos y dejo de reír de inmediato. De hecho, parece bastante 
enfadado. Oh, mierda. Mi subconsciente se esconde en un rincón y yo, blanca 
como el papel, me lo imagino tumbándome otra vez en sus rodillas.
—¡Has picado! —me dice, y sonríe satisfecho. Me agarra por la cintura y me 
estrecha contra su cuerpo—. Es usted incorregible, señorita Steele  —murmura, mirándome a los ojos mientras me hunde los dedos en el pelo y me sostiene con 
firmeza.
Me besa, con fuerza, y yo me aferro a sus brazos musculosos para no caerme.
—Aunque me encantaría hacértelo aquí y ahora, tienes que comer, y yo también. 
No quiero que te me desmayes después —me dice a los labios.
—¿Solo me quieres por eso… por mi cuerpo? —susurro.
—Por eso y por tu lengua viperina —contesta.
Me besa apasionadamente, y luego me suelta de pronto, me coge de la mano y 
me lleva a la cocina. Estoy alucinando. Tan pronto estamos bromeando como… Me 
abanico la cara encendida. Christian es puro sexo ambulante, y ahora tengo que 
recobrar el equilibrio y comer algo. El aria aún suena de fondo.
—¿Qué música es esta?
—Es una pieza de Villa-Lobos, de sus Bachianas Brasileiras. Buena, ¿verdad?
—Sí —musito, completamente de acuerdo.
La barra del desayuno está preparada para dos. Christian saca un cuenco de 
ensalada del frigorífico.
—¿Te va bien una ensalada César?
Uf, nada pesado, menos mal.
—Sí, perfecto, gracias.
Lo veo moverse con elegancia por la cocina. Parece que se siente muy a gusto 
con su cuerpo, pero luego no quiere que lo toquen, así que igual, en el fondo, no 
está tan a gusto. Todos necesitamos del prójimo… salvo, quizá, Christian Grey.
—¿En qué piensas? —dice, sacándome de mi ensimismamiento.
Me ruborizo.
—Observaba cómo te mueves.
Arquea una ceja, divertido.
—¿Y? —pregunta con sequedad.
Me ruborizo aún más.
—Eres muy elegante.
—Vaya, gracias, señorita Steele —murmura. Se sienta a mi lado con una botella 
de vino en la mano—. ¿Chablis?
—Por favor.—Sírvete ensalada —dice en voz baja—. Dime, ¿por qué método has optado?
La pregunta me deja descolocada temporalmente, hasta que caigo en la cuenta 
de que me habla de la visita de la doctora Greene.
—La minipíldora.
Frunce el ceño.
—¿Y te acordarás de tomártela todos los días a la misma hora?
Maldita sea, pues claro que sí.  ¿Cómo lo sabe? Me acaloro de pensarlo: 
probablemente de una o más de las quince.
—Ya te encargarás tú de recordármelo —espeto.
Me mira entre divertido y condescendiente.
—Me pondré una alarma en la agenda. —Sonríe satisfecho—. Come.
La ensalada César está deliciosa. Para mi sorpresa, estoy muerta de hambre y, 
por primera vez desde que hemos comido juntos, termino antes que  él. El vino 
tiene un sabor fresco, limpio y afrutado.
—¿Impaciente como de costumbre, señorita Steele? —sonríe mirando mi plato 
vacío.
Lo miro con los ojos entornados.
—Sí —susurro.
Se le entrecorta la respiración. Y, mientras me mira fijamente, noto que la 
atmósfera entre los dos va cambiando, evolucionando… se carga. Su mirada pasa 
de impenetrable a ardiente, y me arrastra consigo. Se levanta, reduciendo la 
distancia entre los dos, y me baja del taburete a sus brazos.
—¿Quieres hacerlo? —dice mirándome fijamente.
—No he firmado nada.
—Lo sé… pero últimamente te estás saltando todas las normas.
—¿Me vas a pegar?
—Sí, pero no para hacerte daño. Ahora mismo no quiero castigarte. Si te hubiera 
pillado anoche… bueno, eso habría sido otra historia.
Madre mía. Quiere hacerme daño… ¿y qué hago yo ahora? Me cuesta disimular 
el horror que me produce.
—Que nadie intente convencerte de otra cosa, Anastasia: una de las razones por 
las que la gente como yo hace esto es porque le gusta infligir o sentir dolor. Así de sencillo. A ti no, así que ayer dediqué un buen rato a pensar en todo esto.
Me arrima a su cuerpo y su erección me aprieta el vientre. Debería salir 
corriendo, pero no puedo. Me atrae a un nivel primario e insondable que no 
alcanzo a comprender.
—¿Llegaste a alguna conclusión? —susurro.
—No, y ahora mismo no quiero más que atarte y follarte hasta dejarte sin 
sentido. ¿Estás preparada para eso?
—Sí —digo mientras todo mi cuerpo se tensa al instante.
Uau…
—Bien. Vamos.
Me coge de la mano y, dejando todos los platos sucios en la barra de desayuno, 
nos dirigimos arriba.
Se me empieza a acelerar el corazón. Ya está. Lo voy a hacer de verdad. La diosa 
que llevo dentro da vueltas como una bailarina de fama mundial, encadenando 
piruetas. Christian abre la puerta de su cuarto de juegos, se aparta para dejarme 
pasar y una vez más me encuentro en el cuarto rojo del dolor.
Sigue igual: huele a cuero, a pulimento de aroma cítrico y a madera noble, todo 
muy sensual. Me corre la sangre hirviendo por todo el organismo: adrenalina 
mezclada con lujuria y deseo. Un cóctel poderoso y embriagador. La actitud de 
Christian ha cambiado por completo, ha ido variando paulatinamente, y ahora es 
más dura, más cruel. Me mira y veo sus ojos encendidos, lascivos… hipnóticos.
—Mientras estés aquí dentro, eres completamente mía  —dice, despacio, 
midiendo cada palabra—. Harás lo que me apetezca. ¿Entendido?
Su mirada es tan intensa… Asiento, con la boca seca, con el corazón desbocado, 
como si se me fuera a salir del pecho.
—Quítate los zapatos —me ordena en voz baja.
Trago saliva y, algo torpemente, me los quito. Se agacha, los coge y los deja 
junto a la puerta.
—Bien. No titubees cuando te pido que hagas algo. Ahora te voy a quitar el 
vestido, algo que hace días que vengo queriendo hacer, si no me falla la memoria. 
Quiero que estés a gusto con tu cuerpo, Anastasia. Tienes un cuerpo que me gusta 
mirar. Es una gozada contemplarlo. De hecho, podría estar mirándolo todo el día, 
y quiero que te desinhibas y no te avergüences de tu desnudez. ¿Entendido?
—Sí.—Sí, ¿qué?
Se inclina hacia mí con mirada feroz.
—Sí, señor.
—¿Lo dices en serio? —espeta.
—Sí, señor.
—Bien. Levanta los brazos por encima de la cabeza.
Hago lo que me pide y  él se agacha y agarra el bajo. Despacio, me sube el 
vestido por los muslos, las caderas, el vientre, los pechos, los hombros y la cabeza. 
Retrocede para examinarme y, con aire ausente, lo dobla sin quitarme el ojo de 
encima. Lo deja sobre la gran cómoda que hay junto a la puerta. Alarga la mano y 
me coge por la barbilla, abrasándome con su tacto.
—Te estás mordiendo el labio —dice—. Sabes cómo me pone eso —añade con 
voz ronca—. Date la vuelta.
Me doy la vuelta al momento, sin titubear. Me desabrocha el sujetador, coge los 
dos tirantes y tira de ellos hacia abajo, rozándome la piel con los dedos y con las 
uñas de los pulgares mientras me lo quita. El contacto me produce escalofríos y 
despierta todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo. Está detrás de mí, tan 
cerca que noto el calor que irradia de él, y me calienta, me calienta entera. Me echa 
el pelo hacia atrás para que me caiga todo por la espalda, me coge un mechón de la 
nuca y me ladea la cabeza. Recorre con la nariz mi cuello descubierto, inhalando 
todo el tiempo, y luego asciende de nuevo a la oreja. Los músculos de mi vientre se 
contraen, impulsados por el deseo. Maldita sea, apenas me ha tocado y ya lo deseo.
—Hueles tan divinamente como siempre, Anastasia —susurra al tiempo que me 
besa con suavidad debajo de la oreja.
Gimo.
—Calla —me dice—. No hagas ni un solo ruido.
Me recoge el pelo a la espalda y, para mi sorpresa, sus dedos rápidos y hábiles 
empiezan a hacerme una gruesa trenza. Cuando termina, me la sujeta con una 
goma que no había visto y le da un tirón, con lo que me veo obligada a echarme 
hacia atrás.
—Aquí dentro me gusta que lleves trenza —susurra.
Mmm… ¿por qué?
Me suelta el pelo.
—Date la vuelta —me ordena.Hago lo que me manda, con la respiración agitada por una mezcla de miedo y 
deseo. Una mezcla embriagadora.
—Cuando te pida que entres aquí, vendrás así. Solo en braguitas. ¿Entendido?
—Sí.
—Sí, ¿qué?
Me mira furibundo.
—Sí, señor.
Se dibuja una sonrisa en sus labios.
—Buena chica. —Sus ojos ardientes atraviesan los míos—. Cuando te pida que 
entres aquí, espero que te arrodilles allí. —Señala un punto junto a la puerta—. 
Hazlo.
Extrañada, proceso sus palabras, me doy la vuelta y, con torpeza, me arrodillo 
como me ha dicho.
—Te puedes sentar sobre los talones.
Me siento.
—Las manos y los brazos pegados a los muslos. Bien. Separa las rodillas. Más. 
Más. Perfecto. Mira al suelo.
Se acerca a mí y, en mi campo de visión, le veo los pies y las espinillas. Los pies 
descalzos. Si quiere que me acuerde de todo, debería dejarme tomar apuntes. Se 
agacha y me coge de la trenza otra vez, luego me echa la cabeza hacia atrás para 
que lo mire. No duele por muy poco.
—¿Podrás recordar esta posición, Anastasia?
—Sí, señor.
—Bien. Quédate ahí, no te muevas.
Sale del cuarto.
Estoy de rodillas, esperando. ¿Adónde habrá ido? ¿Qué me va a hacer? Pasa el 
tiempo. No tengo ni idea de cuánto tiempo me deja así… ¿unos minutos, cinco, 
diez? La respiración se me acelera cada vez más; la impaciencia me devora de 
dentro afuera.
De pronto vuelve, y súbitamente me noto más tranquila y más excitada, todo a 
la vez.  ¿Podría estar más excitada? Le veo los pies. Se ha cambiado de vaqueros. 
Estos son más viejos, están rasgados, gastados, demasiado lavados. Madre mía, 
cómo me ponen estos vaqueros. Cierra la puerta y cuelga algo en ella.—Buena chica, Anastasia. Estás preciosa así. Bien hecho. Ponte de pie.
Me levanto, pero sigo mirando al suelo.
—Me puedes mirar.
Alzo la vista tímidamente y veo que  él me está mirando fijamente, 
evaluándome, pero con una expresión tierna. Se ha quitado la camisa. Dios mío, 
quiero tocarlo. Lleva desabrochado el botón superior de los vaqueros.
—Ahora voy a encadenarte, Anastasia. Dame la mano derecha.
Le doy la mano. Me vuelve la palma hacia arriba y, antes de que pueda darme 
cuenta, me golpea en el centro con una fusta que ni siquiera le había visto en la 
mano derecha. Sucede tan deprisa que apenas me sorprendo. Y lo que es más 
asombroso, no me duele. Bueno, no mucho, solo me escuece un poco.
—¿Cómo te ha sentado eso?
Lo miro confundida.
—Respóndeme.
—Bien.
Frunzo el ceño.
—No frunzas el ceño.
Extrañada, pruebo a mostrarme impasible. Funciona.
—¿Te ha dolido?
—No.
—Esto te va a doler. ¿Entendido?
—Sí —digo vacilante.
¿De verdad me va a doler?
—Va en serio —me dice.
Maldita sea. Apenas puedo respirar.  ¿Acaso sabe lo que pienso? Me enseña la 
fusta. Marrón, de cuero trenzado. Lo miro de pronto y veo deseo en sus ojos 
brillantes, deseo y una pizca de diversión.
—Nos proponemos complacer, señorita Steele —murmura—. Ven.
Me coge del codo y me coloca debajo de la rejilla. Alarga la mano y baja unos 
grilletes con muñequeras de cuero negro.
—Esta rejilla está pensada para que los grilletes se muevan a través de ella.Levanto la vista. Madre mía, es como un plano del metro.
—Vamos a empezar aquí, pero quiero follarte de pie, así que terminaremos en 
aquella pared.
Señala con la fusta la gran X de madera de la pared.
—Ponte las manos por encima de la cabeza.
Lo complazco inmediatamente, con la sensación de que abandono mi cuerpo y 
me convierto en una observadora ocasional de los acontecimientos que se 
desarrollan a mi alrededor. Esto es mucho más que fascinante, mucho más que 
erótico. Es con mucho lo más excitante y espeluznante que he hecho nunca. Me 
estoy poniendo en manos de un hombre hermoso que, según  él mismo me ha 
confesado, está jodido de cincuenta mil formas. Trato de contener el momentáneo 
espasmo de miedo. Kate y Elliot saben que estoy aquí.
Mientras me ata las muñequeras, se sitúa muy cerca. Tengo su pecho pegado a 
la cara. Su proximidad es deliciosa. Huele a gel corporal y a Christian, una mezcla 
embriagadora, y eso me vuelve a traer al presente. Quiero pasear la nariz y la 
lengua por ese suave tapizado de vello pectoral. Bastaría con que me inclinara 
hacia delante…
Retrocede y me mira, con ojos entornados, lascivos, carnales, y yo me siento 
impotente, con las manos atadas, pero al contemplar su hermoso rostro y percibir 
lo mucho que me desea, noto que se me humedece la entrepierna. Camina 
despacio a mi alrededor.
—Está fabulosa atada así, señorita Steele. Y con esa lengua viperina quieta de 
momento. Me gusta.
De pie delante de mí, me mete los dedos por las bragas y, sin ninguna prisa, me 
las baja por las piernas, quitándomelas angustiosamente despacio, hasta que 
termina arrodillado delante de mí. Sin quitarme los ojos de encima, estruja mis 
bragas en su mano, se las lleva a la nariz e inhala hondo. Dios mío,  ¿en serio ha 
hecho eso? Me sonríe perversamente y se las mete en el bolsillo de los vaqueros.
Se levanta despacio, como un guepardo, me apunta al ombligo con el extremo 
de la fusta y va describiendo círculos, provocándome. Al contacto con el cuero, me 
estremezco y gimo. Vuelve a caminar a mi alrededor, arrastrando la fusta por mi 
cintura. En la segunda vuelta, de pronto la sacude y me azota por debajo del 
trasero… en el sexo. Grito de sorpresa y todas mis terminaciones nerviosas se 
ponen alerta. Tiro de las ataduras. La conmoción me recorre entera, y es una 
sensación de lo más dulce, extraña y placentera.
—Calla —me susurra mientras camina a mi alrededor otra vez, con la fusta algo más alta recorriendo mi cintura.
Esta vez, cuando me atiza en el mismo sitio, lo espero. Todo mi cuerpo se 
sacude por el azote dolorosamente dulce.
Mientras da vueltas a mi alrededor, me atiza de nuevo, esta vez en el pezón, y 
yo echo la cabeza hacia atrás ante el zumbido de mis terminaciones nerviosas. Me 
da en el otro: un castigo breve, rápido y dulce. Su ataque me endurece y alarga los 
pezones, y gimo ruidosamente, tirando de las muñequeras de cuero.
—¿Te gusta esto? —me dice.
—Sí.
Me vuelve a azotar en el culo. Esta vez me duele.
—Sí, ¿qué?
—Sí, señor —gimoteo.
Se detiene, pero ya no lo veo. Tengo los ojos cerrados, intentando digerir la 
multitud de sensaciones que recorren mi cuerpo. Muy despacio, me rocía de 
pequeños picotazos con la fusta por el vientre, hacia abajo. Sé adónde se dirige y 
trato de mentalizarme, pero cuando me atiza en el clítoris, grito con fuerza.
—¡Por favor! —gruño.
—Calla —me ordena, y me vuelve a dar en el trasero.
No esperaba que esto fuera así… Estoy perdida. Perdida en un mar de 
sensaciones. De pronto arrastra la fusta por mi sexo, entre el vello púbico, hasta la 
entrada de la vagina.
—Mira lo húmeda que te ha puesto esto, Anastasia. Abre los ojos y la boca.
Hago lo que me dice, completamente seducida. Me mete la punta de la fusta en 
la boca, como en mi sueño. Madre mía.
—Mira cómo sabes. Chupa. Chupa fuerte, nena.
Cierro la boca alrededor de la fusta y lo miro fijamente. Noto el fuerte sabor del 
cuero y el sabor salado de mis fluidos. Le centellean los ojos. Está en su elemento.
Me saca la fusta de la boca, se inclina hacia delante, me agarra y me besa con 
fuerza, invadiéndome la boca con su lengua. Me rodea con los brazos y me 
estrecha contra su cuerpo. Su pecho aprisiona el mío y yo me muero de ganas por 
tocar, pero con las manos atadas por encima de la cabeza, no puedo.
—Oh, Anastasia, sabes fenomenal —me dice—. ¿Hago que te corras?
—Por favor —le suplico.La fusta me sacude el trasero. ¡Au!
—Por favor, ¿qué?
—Por favor, señor —gimoteo.
Me sonríe, triunfante.
—¿Con esto?
Sostiene en alto la fusta para que pueda verla.
—Sí, señor.
—¿Estás segura?
Me mira muy serio.
—Sí, por favor, señor.
—Cierra los ojos.
Cierro los ojos al cuarto, a él, a la fusta. De nuevo empieza a soltarme picotazos 
con la fusta en el vientre. Desciende, golpecitos suaves en el clítoris, una, dos, tres 
veces, una y otra vez, hasta que al final… ya, no aguanto más, y me corro, de forma 
espectacular, escandalosa, encorvándome debilitada. Las piernas me flaquean y él 
me rodea con sus brazos. Me disuelvo en ellos, apoyando la cabeza en su pecho, 
maullando y gimoteando mientras las réplicas del orgasmo me consumen. Me 
levanta, y de pronto nos movemos, mis brazos aún atados por encima de la cabeza, 
y entonces noto la fría madera de la cruz barnizada contra mi espalda, y él se está
desabrochando los botones de los vaqueros. Me apoya un instante en la cruz 
mientras se pone un condón, luego me coge por los muslos y me levanta otra vez.
—Levanta las piernas, nena, enróscamelas en la cintura.
Me siento muy débil, pero hago lo que me dice mientras  él me engancha las 
piernas a sus caderas y se sitúa debajo de mí. Con una fuerte embestida me 
penetra, y vuelvo a gritar y él suelta un gemido ahogado en mi oído. Mis brazos 
descansan en sus hombros mientras entra y sale. Dios, llega mucho más adentro de 
esta forma.  Noto que vuelvo a acercarme al clímax. Maldita sea, no… otra vez, 
no… no creo que mi cuerpo soporte otro orgasmo de esa magnitud. Pero no tengo 
elección… y con una inevitabilidad que empieza a resultarme familiar, me dejo 
llevar y vuelvo a correrme, y resulta placentero, agonizante, intenso. Pierdo por 
completo la conciencia de mí misma. Christian me sigue y, mientras se corre, grita 
con los dientes apretados y se abraza a mí con fuerza.
Me la saca rápidamente y me apoya contra la cruz, su cuerpo sosteniendo el 
mío. Desabrocha las muñequeras, me suelta las manos y los dos nos desplomamos en el suelo. Me atrae a su regazo, meciéndome, y apoyo la cabeza en su pecho. Si 
tuviera fuerzas lo acariciaría, pero no las tengo. Solo ahora me doy cuenta de que 
aún lleva los vaqueros puestos.
—Muy bien, nena —murmura—. ¿Te ha dolido?
—No —digo.
Apenas puedo mantener los ojos abiertos. ¿Por qué estoy tan cansada?
—¿Esperabas que te doliera?  —susurra mientras me estrecha en sus brazos, 
apartándome de la cara unos mechones de pelo sueltos.
—Sí.
—¿Lo ves, Anastasia? Casi todo tu miedo está solo en tu cabeza. —Hace una 
pausa—. ¿Lo harías otra vez?
Medito un instante, la fatiga nublándome el pensamiento… ¿Otra vez?
—Sí —le digo en voz baja.
Me abraza con fuerza.
—Bien. Yo también  —musita, luego se inclina y me besa con ternura en la 
nuca—. Y aún no he terminado contigo.
Que aún no ha terminado conmigo. Madre mía. Yo no aguanto más. Me 
encuentro agotada y hago un esfuerzo sobrehumano por no dormirme. Descanso 
en su pecho con los ojos cerrados, y él me envuelve toda, con brazos y piernas, y 
me siento… segura, y a gusto. ¿Me dejará dormir, acaso soñar? Tuerzo la boca ante 
semejante idea y, volviendo la cara hacia el pecho de Christian, inhalo su aroma 
único y lo acaricio con la nariz, pero él se tensa de inmediato… oh, mierda. Abro 
los ojos y lo miro. Él me está mirando fijamente.
—No hagas eso —me advierte.
Me sonrojo y vuelvo a mirarle el pecho con anhelo. Quiero pasarle la lengua por 
el vello, besarlo y, por primera vez, me doy cuenta de que tiene algunas tenues 
cicatrices pequeñas y redondas, esparcidas por el pecho.  ¿Varicela?  ¿Sarampión?, 
pienso distraídamente.
—Arrodíllate junto a la puerta —me ordena mientras se incorpora, apoyando las 
manos en mis rodillas y liberándome del todo.
Siento frío de pronto; la temperatura de su voz ha descendido varios grados.
Me levanto torpemente, me escabullo hacia la puerta y me arrodillo como me ha 
ordenado. Me noto floja, exhausta y tremendamente confundida.  ¿Quién iba a 
pensar que encontraría semejante gratificación en este cuarto? ¿Quién iba a pensar que resultaría tan agotador? Siento todo mi cuerpo saciado, deliciosamente pesado. 
La diosa que llevo dentro tiene puesto un cartel de NO MOLESTAR en la puerta 
de su cuarto.
Christian se mueve por la periferia de mi campo de visión. Se me empiezan a 
cerrar los ojos.
—La aburro, ¿verdad, señorita Steele?
Me despierto de golpe y tengo a Christian delante, de brazos cruzados, 
mirándome furioso. Mierda, me ha pillado echando una cabezadita; esto no va a 
terminar bien. Su mirada se suaviza cuando lo miro.
—Levántate —me ordena.
Me pongo en pie con cautela. Me mira y esboza una sonrisa.
—Estás destrozada, ¿verdad?
Asiento tímidamente, ruborizándome.
—Aguante, señorita Steele. —Frunce los ojos—. Yo aún no he tenido bastante de 
ti. Pon las manos al frente como si estuvieras rezando.
Lo miro extrañada. ¡Rezando! Rezando para que tengas compasión de mí. Hago 
lo que me pide. Coge una brida para cables y me sujeta las muñecas con ella, 
apretando el plástico. Madre mía. Lo miro de pronto.
—¿Te resulta familiar? —pregunta sin poder ocultar la sonrisa.
Dios… las bridas de plástico para cables.  ¡Aprovisionándose en Clayton’s! 
Ahogo un gemido y la adrenalina me recorre de nuevo el cuerpo entero; ha 
conseguido llamar mi atención, ya estoy despierta.
—Tengo unas tijeras aquí. —Las sostiene en alto para que yo las vea—. Te las 
puedo cortar en un segundo.
Intento separar las muñecas, poniendo a prueba la atadura y, al hacerlo, se me 
clava el plástico en la piel. Resulta doloroso, pero si me relajo mis muñecas están 
bien; la atadura no me corta la piel.
—Ven.
Me coge de las manos y me lleva a la cama de cuatro postes. Me doy cuenta 
ahora de que tiene puestas sábanas de un rojo oscuro y un grillete en cada esquina.
—Quiero más… muchísimo más —me susurra al oído.
Y el corazón se me vuelve a acelerar. Madre mía.
—Pero seré rápido. Estás cansada. Agárrate al poste —dice.Frunzo el ceño.  ¿No va a ser en la cama entonces? Al agarrarme al poste de 
madera labrado, descubro que puedo separar las manos.
—Más abajo  —me ordena—. Bien. No te sueltes. Si lo haces, te azotaré. 
¿Entendido?
—Sí, señor.
—Bien.
Se sitúa detrás de mí y me agarra por las caderas, y entonces, rápidamente, me 
levanta hacia atrás, de modo que me encuentro inclinada hacia delante, agarrada al 
poste.
—No te sueltes, Anastasia  —me advierte—. Te voy a follar duro por detrás. 
Sujétate bien al poste para no perder el equilibrio. ¿Entendido?
—Sí.
Me azota en el culo con la mano abierta. Au… Duele.
—Sí, señor —musito enseguida.
—Separa las piernas. —Me mete una pierna entre las mías y, agarrándome de 
las caderas, empuja mi pierna derecha a un lado—. Eso está mejor. Después de 
esto, te dejaré dormir.
¿Dormir? Estoy jadeando. No pienso en dormir ahora. Levanta la mano y me 
acaricia suavemente la espalda.
—Tienes una piel preciosa, Anastasia  —susurra e, inclinándose, me riega de 
suaves y ligerísimos besos la columna.
Al mismo tiempo, pasa las manos por delante, me palpa los pechos, me agarra 
los pezones entre los dedos y me los pellizca suavemente.
Contengo un gemido y noto que mi cuerpo entero reacciona, revive una vez más 
para él.
Me mordisquea y me chupa la cintura, sin dejar de pellizcarme los pezones, y 
mis manos aprietan con fuerza el poste exquisitamente tallado. Aparta las manos y 
lo oigo rasgar una vez más el envoltorio del condón y quitarse los vaqueros de una 
patada.
—Tienes un culo muy sexy y cautivador, Anastasia Steele. La de cosas que me 
gustaría hacerle. —Acaricia y moldea cada una de mis nalgas, luego sus manos se 
deslizan hacia abajo y me mete dos dedos—. Qué húmeda… Nunca me 
decepciona, señorita Steele —susurra, y percibo fascinación en su voz—. Agárrate 
fuerte… esto va a ser rápido, nena.Me sujeta las caderas y se sitúa, y yo me preparo para la embestida, pero 
entonces alarga la mano y me agarra la trenza casi por el extremo y se la enrosca en 
la muñeca hasta llegar a mi nuca, sosteniéndome la cabeza. Muy despacio, me 
penetra, tirándome a la vez del pelo… Ay, hasta el fondo. La saca muy despacio, y 
con la otra mano me agarra por la cadera, sujetando fuerte, y luego entra de golpe, 
empujándome hacia delante.
—¡Aguanta, Anastasia! —me grita con los dientes apretados.
Me agarro más fuerte al poste y me pego a su cuerpo todo lo que puedo 
mientras continúa su despiadada arremetida, una y otra vez, clavándome los 
dedos en la cadera. Me duelen los brazos, me tiemblan las piernas, me escuece el 
cuero cabelludo de los tirones… y noto que nace de nuevo esa sensación en lo más 
hondo de mi ser. Oh, no… y por primera vez, temo el orgasmo… si me corro… me 
voy a desplomar. Christian sigue embistiendo contra mí, dentro de mí, con la 
respiración entrecortada, gimiendo, gruñendo. Mi cuerpo responde… ¿cómo? 
Noto que se acelera. Pero, de pronto, tras metérmela hasta el fondo, Christian se 
detiene.
—Vamos, Ana, dámelo —gruñe y, al oírlo decir mi nombre, pierdo el control y 
me vuelvo toda cuerpo y torbellino de sensaciones y dulce, muy dulce liberación, y 
después pierdo total y absolutamente la conciencia.
Cuando recupero el sentido, estoy tumbada encima de él. Él está en el suelo y yo 
encima de él, con la espalda pegada a su pecho, y miro al techo, en un estado de 
glorioso poscoito, espléndida, destrozada. Ah, los mosquetones, pienso distraída; 
me había olvidado de ellos.
—Levanta las manos —me dice en voz baja.
Me pesan los brazos como si fueran de plomo, pero los levanto. Abre las tijeras y 
pasa una hoja por debajo del plástico.
—Declaro inaugurada esta Ana —dice, y corta el plástico.
Río como una boba y me froto las muñecas al fin libres. Noto que sonríe.
—Qué sonido tan hermoso —dice melancólico.
Se incorpora levantándome con  él, de forma que una vez más me encuentro 
sentada en su regazo.
—Eso es culpa mía —dice, y me empuja suavemente para poder masajearme los 
hombros y los brazos.
Con delicadeza, me ayuda a recuperar un poco la movilidad.
¿El qué?Me vuelvo a mirarlo, intentando entender a qué se refiere.
—Que no rías más a menudo.
—No soy muy risueña —susurro adormecida.
—Oh, pero cuando ocurre, señorita Steele, es una maravilla y un deleite 
contemplarlo.
—Muy florido, señor Grey —murmuro, procurando mantener los ojos abiertos.
Su mirada se hace más tierna, y sonríe.
—Parece que te han follado bien y te hace falta dormir.
—Eso no es nada florido —protesto en broma.
Sonríe y, con cuidado, me levanta de encima de  él y se pone de pie, 
espléndidamente desnudo. Por un instante, deseo estar más despierta para 
apreciarlo de verdad. Coge los vaqueros y se los pone a pelo.
—No quiero asustar a Taylor, ni tampoco a la señora Jones —masculla.
Mmm… ya deben de saber que es un cabrón pervertido. La idea me preocupa.
Se agacha para ayudarme a ponerme en pie y me lleva hasta la puerta, de la que 
cuelga una bata de suave acolchado gris. Me viste pacientemente como si fuera una 
niña. No tengo fuerzas para levantar los brazos. Cuando estoy tapada y decente, se 
inclina y me da un suave beso, y en sus labios se dibuja una sonrisa.
—A la cama —dice.
Oh… no…
—Para dormir —añade tranquilizador al ver mi expresión.
De repente, me coge en brazos y, acurrucada contra su pecho, me lleva a la 
habitación del pasillo donde esta mañana me ha examinado la doctora Greene. La 
cabeza me cuelga lánguidamente contra su torso. Estoy agotada. No recuerdo 
haber estado nunca tan cansada. Retira el edredón y me tumba y, lo que es aún 
más asombroso, se mete en la cama conmigo y me estrecha entre sus brazos.
—Duerme, preciosa —me susurra, y me besa el pelo.
Y, antes de que me dé tiempo a hacer algún comentario ingenioso, estoy 
dormida.


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